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Paulina Vinderman
Argentina
África
La noche se cierra finalmente contra la mesa
como una puerta con cerrojos, una luz
amarilla sobre el pimentero se convierte en sol.
Espero a la medianoche, la espero para rendirle cuentas:
el homenaje de un verano recorrido con paciencia
adquirida
y desamparo de fondo.
Otra vez huelo a viajera: a vestíbulos de hoteles,
ómnibus de segunda y el cuero de mi libreta que lo guarda todo:
hasta los ojos sombríos del guardia en la frontera
y aquel jardín ridículo en un rincón despiadado
(el celeste de las dalias frente a la mirada voraz
del otro lado del muro)
Un verano conquistado y perdido,
un verano de sombras intensas y pequeñas,
como cada una de las vidas derramadas y convertidas
en historia sin querer.
No me moriré del todo,
dice Rojas que dijo Horacio.
¿Qué dejó el día?
Una estela del color, el abandono del cuadro casi terminado.
No morirá del todo si alguien me sopla
el trazo agridulce del regreso al mar
de aquella gaviota lastimada en la playa de Almagro:
el poder de la soledad, la transversal del dolor
cruzando el sur para su autorretrato.
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